Pues eso, que no me apetece mucho escribir, pero sigo vivo y eso.
lunes, 18 de abril de 2011
miércoles, 30 de marzo de 2011
De la gente rara y cosas extrañas que hay en las megalópolis
La verdad, es que rara vez habíame sumergido en el mundo cosmopolita y alternativo de las ciudades. Madrid, ciudad que me encanta, representaba un sitio donde estudiar, divertirme con los amigos, realizar actividades culturales clásicas y pasear. Sin embargo, y aunque tiene delito que sea aquí y no en mi ciudad natal, me he dado cuenta de que las ciudades son una pequeña caja de sorpresas que te ofrece la mayor variedad de polvorones que uno pueda llegar a imaginar. Lástima que este año me haya zamapado pocos de aquellos de Estepa.
Sin más dilación, y aunque os dé igual -a mí me apetece hablar de esto- os presento a la GENTE RARA (léase mientras se escucha la canción facilitada):
El primero, y al que ya conoceréis, es mi profesor de Historia de Hungría Medieval, el honorable profesor Csaba. Se trata de un tipo peculiar, aficionado a las armas y objetos medievales, o históricos, o de donde sea. Luce bigote, botas militares, siempre va con una especie de kimono de hombre, acompañado por una enorme mochila. Allí, como si fuera el bolsillo de Doraemon, el gato cósmico, guarda todo tipo de útiles e inútiles: un espejo, un hacha de un metro, un kit de comida tradicional mongol, un surtido de joyas que él mismo fabrica, diversos libros y papeles... y quizá un gorrocóptero.
Apasionado por la historia, mestro en artes marciales, gran patriota y viajero. No me detendré más en él porque ya he hablado de él (ver una de las primeras entradas), y no quiero resultar repetitivo.
Seguimos este itinerario entre homínidos peculiares y nos encontramos a Kjartan. Estadounidense, fue rebautizado como Dartañán debido a la imposibilidad de pronunciar su nombre, de origen noruego. Este personaje es, sin duda, un genio.
20 años, como yo, pero carece de cualquier tipo de vergüenza (como yo también, pero él tiene menos, incluso). Su personalidad extrovertida, su falta total de sentido del ridículo y su vena artística y extravagante hacen de él el centro de atención en cuanto la situación se preste. No es que sea uno de estos mediocres y patéticos artistas wannabe quiero-y-no-puedo que se hacen los estrafalarios para poder quererse lo suficiente como para no suicidarse; él es auténtico. Toca la guitarra, la trompeta y la viola, y le he visto en varios escenarios (él directamente se sube, sin invitación previa, aunque pidiéndolo cortésmente) y sabe hacerse con el favor del público. A más de un modernillo, por no decir a todos, les gustaría tener una décima parte de la originalidad que tiene este tío.
Sin embargo, no todos son raros en un sentido positivo, como puedo hacer ver. Os contaré una anécdota, del otro día, acerca de una exposición de arte contemporáneo. Viene a cuento, ya que he empezado la entrada hablando sobre aquellos secretos que guardan las ciudades.
Resulta que hicieron una exposición de arte así como amateur en la calle de al lado. Silvia, siempre muy presta a hacer todo tipo de gilipolleces, me invitó a unirme, a lo que accedí gustosamente, al saber que habría diversas viandas y bebidas a disposición de los asistentes, con lo que me ahorraba la cena. Allí fui, sagaz y poniendo cara de entendido, con la catalana y con Paolo.
El resultado fue esperpéntico. No exagero al contar las cosas que allí se sucedieron, pues sería una traición a mi vocación historiadora, pero os juro que es cierto.
Mucha gente vestida cool, supermodernos, con enormes gafas de pasta sin cristales, rastas por doquier, piercings, faldas hippies, peinados dantescos... la verdad es que yo no pintaba nada en ese sitio. En seguida me dí cuenta de que había caído en una emboscada, pues allí de comer no parecía que hubiese nada. Eso sí, me dieron un chupito de cerveza, que intenté beber lo más lentamente posible. Tras discutir con Paolo unos veinte minutos debatiendo si la especie de tarta que había en la mesa formaba parte del catering o era una obra artística, concluimos que era la expresión de los sentimientos más íntimos de alguno de aquellos colgados, con lo que nos quedamos definitivamente sin cena.
Esperando a que Silvia y a los demás les diera por largarse, Paolo y yo nos pusimos a observar cuadros con cara de entendidos mientras agitábamos nuestros chupitos de cerveza recalentados. Como me aburría, me acerqué a Silvia, que hablaba con una alemana de cara sonrosada. Ella, muy alternativa y algo ebria - imagino, ya que esa rojez ni Heidi con fiebre podría igualarla- explicaba su obra mientras me señalaba las piernas.
- ¡Cáspita! - en realidad pensé otra palabra menos simpática que comienza por la misma letra - ¡he ligado o se me han olvidado los pantalones! - pensé, ingenuo. Tras quince minutos escuchándola me miré las rodillas en busca de aquello que tanto atraía la atención de la germana, para comprobar que me había situado encima de un montón de tierra.
¡Ups! La chica tan emocionada hablando de no sé que tonterías de la tristeza de esa arena y yo allí, iconoclástico e impertérrito, misógino, nazi y fascista, pisando su obra de arte. Me deshice en disculpas pero no pareció importarle, empujó con el pie la arena que se había esparcido alrededor, y la obra quedó de nuevo completa. Eso sí, me tiré los 15 minutos restantes increpando a todos los demás pardillos insensibles que, como yo, pisaban la creación teutónica.
Hay, a pesar de todo, mucha gente que siendo "normal" es especial. Desde una austriaca que hace preguntas estúpidas en clase (pero estúpidas de verdad, como si acabara de salir de un huevo, es vergonzoso), hasta una polaca que no duda en hacer el imbécil si siente que tiene que hacerlo (de forma genial, por cierto). Desde un sardo (esto es, habitante de Cerdeña) con pinta de mafioso que cuando te saluda te da dos besos hasta un gabacho-marroquí que es capaz de sacar de quicio a la madre Teresa. Todos ellos conforman mi erasmus, y dan un toque de color, originalidad y alegría a la vida. Gente auténtica.
Sin más dilación, y aunque os dé igual -a mí me apetece hablar de esto- os presento a la GENTE RARA (léase mientras se escucha la canción facilitada):
El primero, y al que ya conoceréis, es mi profesor de Historia de Hungría Medieval, el honorable profesor Csaba. Se trata de un tipo peculiar, aficionado a las armas y objetos medievales, o históricos, o de donde sea. Luce bigote, botas militares, siempre va con una especie de kimono de hombre, acompañado por una enorme mochila. Allí, como si fuera el bolsillo de Doraemon, el gato cósmico, guarda todo tipo de útiles e inútiles: un espejo, un hacha de un metro, un kit de comida tradicional mongol, un surtido de joyas que él mismo fabrica, diversos libros y papeles... y quizá un gorrocóptero.
Apasionado por la historia, mestro en artes marciales, gran patriota y viajero. No me detendré más en él porque ya he hablado de él (ver una de las primeras entradas), y no quiero resultar repetitivo.
Seguimos este itinerario entre homínidos peculiares y nos encontramos a Kjartan. Estadounidense, fue rebautizado como Dartañán debido a la imposibilidad de pronunciar su nombre, de origen noruego. Este personaje es, sin duda, un genio.
20 años, como yo, pero carece de cualquier tipo de vergüenza (como yo también, pero él tiene menos, incluso). Su personalidad extrovertida, su falta total de sentido del ridículo y su vena artística y extravagante hacen de él el centro de atención en cuanto la situación se preste. No es que sea uno de estos mediocres y patéticos artistas wannabe quiero-y-no-puedo que se hacen los estrafalarios para poder quererse lo suficiente como para no suicidarse; él es auténtico. Toca la guitarra, la trompeta y la viola, y le he visto en varios escenarios (él directamente se sube, sin invitación previa, aunque pidiéndolo cortésmente) y sabe hacerse con el favor del público. A más de un modernillo, por no decir a todos, les gustaría tener una décima parte de la originalidad que tiene este tío.
Sin embargo, no todos son raros en un sentido positivo, como puedo hacer ver. Os contaré una anécdota, del otro día, acerca de una exposición de arte contemporáneo. Viene a cuento, ya que he empezado la entrada hablando sobre aquellos secretos que guardan las ciudades.
Resulta que hicieron una exposición de arte así como amateur en la calle de al lado. Silvia, siempre muy presta a hacer todo tipo de gilipolleces, me invitó a unirme, a lo que accedí gustosamente, al saber que habría diversas viandas y bebidas a disposición de los asistentes, con lo que me ahorraba la cena. Allí fui, sagaz y poniendo cara de entendido, con la catalana y con Paolo.
El resultado fue esperpéntico. No exagero al contar las cosas que allí se sucedieron, pues sería una traición a mi vocación historiadora, pero os juro que es cierto.
Mucha gente vestida cool, supermodernos, con enormes gafas de pasta sin cristales, rastas por doquier, piercings, faldas hippies, peinados dantescos... la verdad es que yo no pintaba nada en ese sitio. En seguida me dí cuenta de que había caído en una emboscada, pues allí de comer no parecía que hubiese nada. Eso sí, me dieron un chupito de cerveza, que intenté beber lo más lentamente posible. Tras discutir con Paolo unos veinte minutos debatiendo si la especie de tarta que había en la mesa formaba parte del catering o era una obra artística, concluimos que era la expresión de los sentimientos más íntimos de alguno de aquellos colgados, con lo que nos quedamos definitivamente sin cena.
Esperando a que Silvia y a los demás les diera por largarse, Paolo y yo nos pusimos a observar cuadros con cara de entendidos mientras agitábamos nuestros chupitos de cerveza recalentados. Como me aburría, me acerqué a Silvia, que hablaba con una alemana de cara sonrosada. Ella, muy alternativa y algo ebria - imagino, ya que esa rojez ni Heidi con fiebre podría igualarla- explicaba su obra mientras me señalaba las piernas.
- ¡Cáspita! - en realidad pensé otra palabra menos simpática que comienza por la misma letra - ¡he ligado o se me han olvidado los pantalones! - pensé, ingenuo. Tras quince minutos escuchándola me miré las rodillas en busca de aquello que tanto atraía la atención de la germana, para comprobar que me había situado encima de un montón de tierra.
¡Ups! La chica tan emocionada hablando de no sé que tonterías de la tristeza de esa arena y yo allí, iconoclástico e impertérrito, misógino, nazi y fascista, pisando su obra de arte. Me deshice en disculpas pero no pareció importarle, empujó con el pie la arena que se había esparcido alrededor, y la obra quedó de nuevo completa. Eso sí, me tiré los 15 minutos restantes increpando a todos los demás pardillos insensibles que, como yo, pisaban la creación teutónica.
Hay, a pesar de todo, mucha gente que siendo "normal" es especial. Desde una austriaca que hace preguntas estúpidas en clase (pero estúpidas de verdad, como si acabara de salir de un huevo, es vergonzoso), hasta una polaca que no duda en hacer el imbécil si siente que tiene que hacerlo (de forma genial, por cierto). Desde un sardo (esto es, habitante de Cerdeña) con pinta de mafioso que cuando te saluda te da dos besos hasta un gabacho-marroquí que es capaz de sacar de quicio a la madre Teresa. Todos ellos conforman mi erasmus, y dan un toque de color, originalidad y alegría a la vida. Gente auténtica.
domingo, 20 de marzo de 2011
De las cosas que hago durante el día
Como ya sabréis, las clases a las que asisto tienen una connotación marcadamente simbólica. A pesar de proporcionarme nueva e interesante información y aprender en cada una de ellas, no suponen un dilatado período de tiempo. Con lo cual, y especialmente este cuatrimestre (o como dicen aquí, semestre), uno, que no es tonto, se ha buscado pequeños quehaceres para poder justificar su existencia en este planeta.
La primera de las nobles acciones que emprendo ya la he comentado alguna vez, pero, como la situación lo requiere, lo volveré a comentar. Se trata de los language exchange, que traducido al idioma católico, apostólico y romano significa algo así como intercambio de idiomas. Lo realizo principalmente con una mujer, húngara ella, madre de una hija y esposa de un tipo dominicano, que se esfuerza por aprender español. Aunque ella habla el castellano bastante bien, yo no puedo corresponderla con mi nivel de húngaro, que es, cuanto menos, catastrófico. De hecho, durante el primer semestre, siempre hablé en inglés, hasta en el supermercado. Ahora intento hablar en húngaro, y, aunque no me entero de la misa la mitad, tengo una extraordinaria capacidad para imaginarme lo que me dicen, casi siempre con acierto. Así seguimos, poco a poco y sabiendo que jamás aprenderé este endemoniado idioma, por mucho que me pese.
También, abriéndome las fronteras, he decidido iniciar otros intercambios en otros idiomas. Remarcable atención merece el francés, idioma impronunciable, pero impronunciable según la segunda acepción que ofrece la RAE (2. adj. Que no debería decirse, para no ofender la moral, el buen gusto, etc.). La redundacia de la lengua gabacha es absoluta, despreciando las vocales, como si no fueran más que paja; realizando contracciones entre dos palabras sin importar las pobres letras inocentes intermedias; y completamente insolidario, pues las últimas letras quedan relegadas al olvido. Así, casi tengo que hacer como en inglés, imaginarme cómo es la pronunciación de la palabra y decirla con la boca pequeña, para que el error no se oiga mucho. Sin embargo, he de reconocer que en el fondo me gusta, y espero crear la pequeña base de francés que mis docentes me negaron para -posiblemente- estudiarlo en un futuro próximo.
Otra cosa que gusto (o más bien gustaba, aunque espero retomarlo) de hacer es ir a las clases de esgrima antigua. La clase es, en definitiva, un grupo de unos 4 ó 5 frikis colgaos (perdóneme lo campechano, letra d), más algún pseudofascista, más algún heavy-metalero. A eso se le añade el profesor (aquel profesor del que os hablé alguna vez, uno medio loco) y su esbirro, o mano derecha, o, en estos tiempos políticamente correctos, su asistente para la docencia. Estos dos tipos son la mar de majos, aunque reparten unas hostias como panes. Los sables, de madera y pesados, no tienen en cuenta dónde caen, y la protección no te libra de alguna simpática magulladura. Cuando me enfrento con uno de ellos, me planto erguido, desafiante, Alatriste, en guardia y listo para Santiago y cierra España. En cuanto empezamos, se abalanzan sobre mí y apenas puedo soltarte un par de espadazos torpes antes de que acaben conmigo mientras intento defenderme como puedo. Es realmente gracioso. Eso sí, cuando me toca enfrentarme a uno de los zagales, suelo darle la tunda yo.
Por último, me he aficionado ahora a ir a la piscina con Silvia, la compañera de piso. Es una piscina teóricamente de pago, pero mediante diversos ardides que no explicaré aquí, entramos por la puerta grande y sin pagar ni un florín.
El primer día, cogí mi gorro de baño (cedido por Silvia) y las gafas de buceo (tomadas prestadas de la Polaca, que ahora está por Francia) y salté al agua cual rana. Empecé a nadar y, ¡Dios mío! ¡estaba hecho un David Meca! Rebasé primero a una señora mayor, y luego a un tipejo más o menos joven, sin ningún tipo de problemas. La velocidad que alcanzaba era increíble, fuerte como un narval, rápido como un pez vela, hermoso cual delfín.
A los diez minutos (probablemente antes, pero mi orgullo me impide aceptarlo) empecé a cansarme. El tipejo me adelantó, y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para que la señora no me adelantara. En esta etapa, cuando decidía hacer un largo, al principio iba bien, hasta que por la mitad me fallaban las fuerzas y el rápido pez vela se convertía en una especie de armadillo chapoteando por su vida. En una de esas ví a uno de estos super-atletas que suele haber por las piscinas, buceando por el fondo con elegancia submarina. Arriba estaba yo, luchando por mi vida. Cosas de la vida.
Sin embargo, estoy muy contento, en general, con estas pequeñas cosas. Dan otro punto de vista muy divertido al Erasmus. Por otro lado pienso que debí descubrir estas cosas antes, pues ahora ya me quedan unos 3 meses de fiesta. Luego, no se sabe, aunque tengo ganas de volver, en el fondo.
La primera de las nobles acciones que emprendo ya la he comentado alguna vez, pero, como la situación lo requiere, lo volveré a comentar. Se trata de los language exchange, que traducido al idioma católico, apostólico y romano significa algo así como intercambio de idiomas. Lo realizo principalmente con una mujer, húngara ella, madre de una hija y esposa de un tipo dominicano, que se esfuerza por aprender español. Aunque ella habla el castellano bastante bien, yo no puedo corresponderla con mi nivel de húngaro, que es, cuanto menos, catastrófico. De hecho, durante el primer semestre, siempre hablé en inglés, hasta en el supermercado. Ahora intento hablar en húngaro, y, aunque no me entero de la misa la mitad, tengo una extraordinaria capacidad para imaginarme lo que me dicen, casi siempre con acierto. Así seguimos, poco a poco y sabiendo que jamás aprenderé este endemoniado idioma, por mucho que me pese.
También, abriéndome las fronteras, he decidido iniciar otros intercambios en otros idiomas. Remarcable atención merece el francés, idioma impronunciable, pero impronunciable según la segunda acepción que ofrece la RAE (2. adj. Que no debería decirse, para no ofender la moral, el buen gusto, etc.). La redundacia de la lengua gabacha es absoluta, despreciando las vocales, como si no fueran más que paja; realizando contracciones entre dos palabras sin importar las pobres letras inocentes intermedias; y completamente insolidario, pues las últimas letras quedan relegadas al olvido. Así, casi tengo que hacer como en inglés, imaginarme cómo es la pronunciación de la palabra y decirla con la boca pequeña, para que el error no se oiga mucho. Sin embargo, he de reconocer que en el fondo me gusta, y espero crear la pequeña base de francés que mis docentes me negaron para -posiblemente- estudiarlo en un futuro próximo.
Otra cosa que gusto (o más bien gustaba, aunque espero retomarlo) de hacer es ir a las clases de esgrima antigua. La clase es, en definitiva, un grupo de unos 4 ó 5 frikis colgaos (perdóneme lo campechano, letra d), más algún pseudofascista, más algún heavy-metalero. A eso se le añade el profesor (aquel profesor del que os hablé alguna vez, uno medio loco) y su esbirro, o mano derecha, o, en estos tiempos políticamente correctos, su asistente para la docencia. Estos dos tipos son la mar de majos, aunque reparten unas hostias como panes. Los sables, de madera y pesados, no tienen en cuenta dónde caen, y la protección no te libra de alguna simpática magulladura. Cuando me enfrento con uno de ellos, me planto erguido, desafiante, Alatriste, en guardia y listo para Santiago y cierra España. En cuanto empezamos, se abalanzan sobre mí y apenas puedo soltarte un par de espadazos torpes antes de que acaben conmigo mientras intento defenderme como puedo. Es realmente gracioso. Eso sí, cuando me toca enfrentarme a uno de los zagales, suelo darle la tunda yo.
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| Generalmente las clases son en un reciento cerrado, ésto era una coña |
Por último, me he aficionado ahora a ir a la piscina con Silvia, la compañera de piso. Es una piscina teóricamente de pago, pero mediante diversos ardides que no explicaré aquí, entramos por la puerta grande y sin pagar ni un florín.
El primer día, cogí mi gorro de baño (cedido por Silvia) y las gafas de buceo (tomadas prestadas de la Polaca, que ahora está por Francia) y salté al agua cual rana. Empecé a nadar y, ¡Dios mío! ¡estaba hecho un David Meca! Rebasé primero a una señora mayor, y luego a un tipejo más o menos joven, sin ningún tipo de problemas. La velocidad que alcanzaba era increíble, fuerte como un narval, rápido como un pez vela, hermoso cual delfín.
A los diez minutos (probablemente antes, pero mi orgullo me impide aceptarlo) empecé a cansarme. El tipejo me adelantó, y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para que la señora no me adelantara. En esta etapa, cuando decidía hacer un largo, al principio iba bien, hasta que por la mitad me fallaban las fuerzas y el rápido pez vela se convertía en una especie de armadillo chapoteando por su vida. En una de esas ví a uno de estos super-atletas que suele haber por las piscinas, buceando por el fondo con elegancia submarina. Arriba estaba yo, luchando por mi vida. Cosas de la vida.
Sin embargo, estoy muy contento, en general, con estas pequeñas cosas. Dan otro punto de vista muy divertido al Erasmus. Por otro lado pienso que debí descubrir estas cosas antes, pues ahora ya me quedan unos 3 meses de fiesta. Luego, no se sabe, aunque tengo ganas de volver, en el fondo.
viernes, 11 de marzo de 2011
De mí
No sé cuándo ni dónde me surgió la idea de hablar sobre mí, pero en seguida me cautivó, ya que soy un tipo bastante interesante. Sin embargo, hablar sobre uno mismo es bastante aburrido y egocéntrico, así que encontré la manera perfecta de poder leer sobre mí sin parecer un maldito ególatra.
Como bien sabéis, he echado algunos amigos aquí, así que les he pedido que me escriban un parrafillo sobre mí, para que vosotros veáis qué imagen doy por tierras extrañas. Desgraciadamente, cometí el error de enviárselo solo a mis amigos, así que en su mayoría son cosas buenas, puede resultar repetitivo. Pero es que cuando uno es de naturaleza maja...
Pero bueno, por lo menos da algo de color al blog éste, y si antes yo hablé de las nacionalidades erasmus, les toca ahora a ellos hablar de mí.
Facundo (Argentina): Sos un tio cojonudisimo. inteligente y tolerante como pocos. Con un sentido del humor entrañable. Una anecdota muy interesante fue verte manejar la situacion cuando Pablo se desubico y te dijo lo que te dijo, con una educacion suprema la arreglaste y de un momento tenso paso a ser un momento comico, me sorprendiste, tuviste una capacidad de desenvolvimiento increible, por algo sos mi amigo. Puedo seguir, pero no quiero aburrir al resto.
Gracias por Tanto, y perdon por tan poco.. tu hermano argentino,
Attila (Hungría): Hoy, señoras y señores, vamos a hablar de la vieja y rara especie del hmocarlus. Algunos científicos dicen que esta raza desapareció de la superficie terrestre pero no crean esto, señoras y señores! He visto uno en la calle Bajcsy... Es muy peligroso con las señoritas, y tiene un arma secreta: sus discursos!!! si ven que abre la boca, sólo corrannn!!!!
Robbert (Bélgica): Muchas gracias por pasar tu precioso tiempo conmigo. Me siento mal por no haber ido al viaje (de Enero, ver entrada anterior), aunque solo fuera por 3 días. Eres el tipo de persona que yo quería conocer en mi semestre erasmus. Eres divertido, pero si tienes que serlo, puedes ser serio. Un pequeño cliché, pero es verdad. Tampoco puedo decir mucho más, porque no te conozco lo suficiente.
Fanny (Francia): Gracias a ti puedo decir que el español es importante, porque 55 millones de personas (evidentemente se ha equivocado, querría decir 500 millones) alrededor del mundo hablan español!! por no hablar de tus dos pasiones: esa loca historia de tu cabeza y tu amante argentino, el legendario facucu, que me ha enseñado que el amor entre argentinos y españoles puede ser real ;)
Rafa (Ciudad Real): Qué puedo decir acerca de Mr. Domínguez... A pesar de sus creencias blasfémicas y del hecho de que pelea con el mismo valor que una niña de 7 años, i aprendido muchas cosas de él. Una vez, dijo: "quiero ser una flor para vivir tocado por el viento" (mentira). Al principio me sonó profundamente maníaco. Ahora, sólo pienso que fue gay. Perdón, esa caja de madera allí... esto no es un funeral, verdad???!!??
Gallego (creo que se llama Javi) (Ourense): personajillo entre personajes se podría decir. cada historia en su boca se convierte en una ancestral conquista (bueno, no siempre conquistas huoouh). la historia ha empapado hasta tal punto sus huesos que cada uno de sus pasos es una Historia, convirtiéndose así en un mítico.
un madrileño catalán en el mejor y el peor de los sentidos (huoouh). en fin, un mítico.
Julie (Francia): Carlos es uno de los más simpáticos (quizá EL más simpatico) tipo que he conocido aquí, siempre de buen humor. Muy acojedor, especialmente en su piso, donde pasamos mucho tiempo (quizá algunos demasiado tiempo haha) pero en cualquier caso es el mejor anfitrión siempre! Es más, es muy interesante y cultivado. Lo único malo, es que como la mayoría de los erasmus parece no apreciar al pueblo francés como se merece ser apreciado.... hahaha (esto es para ilustrar la arrogancia francesa^^)
Alice (Francia... sí, sé que son demasiados): Carlos, como nos pediste te escribo este pequeño texto sobre que piesno sobre ti! Es un poco raro hacer esto per haré una excepción, igual que tu la hiciste al relacionarte con algunos arrogantes y maleducados franceses!! (gracias por eso, por cierto :)) Eres un tipo generoso al que le gusta la gente en general. Tienes una personalidad marcada y aprecio mucho que nos enseñes historia!! y finalmente, eres MUY gracioso!!!
Pedro/Mr. Calisto (Portugal): Mr Vladimir "Carlos Dominguez" Zapiekanka, el ucraiano que habla el mejor castellano jamás visto!! casi parece de España!! El único que puede decir paloma en portugués y sonar como un retrasado!!
Que puede decir de él? mi compañero en el viaje a Cracovia y especialmente el refuerzo en el increíble viaje a través de los Balcanes. Sin ti la parte histórica del viaje se habría perdido!!
Los meses en Budapest siendo tu vecino fueron muy buenos, ya echo de menos que aparezcas por mi casa sin previo aviso (todavía no echo de menos la faceta gorrona, pero sí tu "te invito" todos los lunes en el Morrisons bar)
A pesar de que nunca estudia o va a la universidad, sigue siendo el mejor historiador que conozco, y con su pasión no necesita estar preocupada por su progreso académico, Amalia (originalmente no ponía Amalia, pero especificaba que se pusiera. N.d.T.) .
En resumen, uno de los mejores portugueses del este que jamaás he conocido!!
Antoine (Francia): Recuerdo la primera vez que ví a Carlos, fue en septiembre, en la primera cena italiana. Éramos un montón y no teníamos suficientes cuchillos y tenedores, por eso hice mi primera broma, pero él pensó que le estaba insultando llamándole cerdo!! En ese momento pensé que sólo era un español sin ningún sentido del humor! Pero entonces me dí cuenta de que era buen chico y la siguiente fiesta estuvimos hablando de geopolítica... Carlos es muy comprensivo incluso cuando es un poco tímido! Y tengo que jugar con él al ajedrez en las termas Szechény antes de dejar esta bella ciudad. También es objetivo porque reconoció que Francia es el mejor país del mundo!! (MENTIRA, JAMÁS) Y sólo por eso me cae bien!!
Hasta aquí los que me han respondido, quizá me responda alguno más en los próximos días. De todas formas, así os hacéis una idea de lo bien que miento a toda esta gente, que se creen que soy majo y tal. Si hasta estoy pensando meterme en politica...
Quizá edite la entrada y añada alguno más, para completar. Pero así más o menos se consigue una visión general del tinglado, creo yo
Como bien sabéis, he echado algunos amigos aquí, así que les he pedido que me escriban un parrafillo sobre mí, para que vosotros veáis qué imagen doy por tierras extrañas. Desgraciadamente, cometí el error de enviárselo solo a mis amigos, así que en su mayoría son cosas buenas, puede resultar repetitivo. Pero es que cuando uno es de naturaleza maja...
Pero bueno, por lo menos da algo de color al blog éste, y si antes yo hablé de las nacionalidades erasmus, les toca ahora a ellos hablar de mí.
Facundo (Argentina): Sos un tio cojonudisimo. inteligente y tolerante como pocos. Con un sentido del humor entrañable. Una anecdota muy interesante fue verte manejar la situacion cuando Pablo se desubico y te dijo lo que te dijo, con una educacion suprema la arreglaste y de un momento tenso paso a ser un momento comico, me sorprendiste, tuviste una capacidad de desenvolvimiento increible, por algo sos mi amigo. Puedo seguir, pero no quiero aburrir al resto.
Gracias por Tanto, y perdon por tan poco.. tu hermano argentino,
Attila (Hungría): Hoy, señoras y señores, vamos a hablar de la vieja y rara especie del hmocarlus. Algunos científicos dicen que esta raza desapareció de la superficie terrestre pero no crean esto, señoras y señores! He visto uno en la calle Bajcsy... Es muy peligroso con las señoritas, y tiene un arma secreta: sus discursos!!! si ven que abre la boca, sólo corrannn!!!!
Robbert (Bélgica): Muchas gracias por pasar tu precioso tiempo conmigo. Me siento mal por no haber ido al viaje (de Enero, ver entrada anterior), aunque solo fuera por 3 días. Eres el tipo de persona que yo quería conocer en mi semestre erasmus. Eres divertido, pero si tienes que serlo, puedes ser serio. Un pequeño cliché, pero es verdad. Tampoco puedo decir mucho más, porque no te conozco lo suficiente.
Fanny (Francia): Gracias a ti puedo decir que el español es importante, porque 55 millones de personas (evidentemente se ha equivocado, querría decir 500 millones) alrededor del mundo hablan español!! por no hablar de tus dos pasiones: esa loca historia de tu cabeza y tu amante argentino, el legendario facucu, que me ha enseñado que el amor entre argentinos y españoles puede ser real ;)
Rafa (Ciudad Real): Qué puedo decir acerca de Mr. Domínguez... A pesar de sus creencias blasfémicas y del hecho de que pelea con el mismo valor que una niña de 7 años, i aprendido muchas cosas de él. Una vez, dijo: "quiero ser una flor para vivir tocado por el viento" (mentira). Al principio me sonó profundamente maníaco. Ahora, sólo pienso que fue gay. Perdón, esa caja de madera allí... esto no es un funeral, verdad???!!??
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| Pongo esta imagen del codex manesse para amenizar la lectura |
Gallego (creo que se llama Javi) (Ourense): personajillo entre personajes se podría decir. cada historia en su boca se convierte en una ancestral conquista (bueno, no siempre conquistas huoouh). la historia ha empapado hasta tal punto sus huesos que cada uno de sus pasos es una Historia, convirtiéndose así en un mítico.
un madrileño catalán en el mejor y el peor de los sentidos (huoouh). en fin, un mítico.
Julie (Francia): Carlos es uno de los más simpáticos (quizá EL más simpatico) tipo que he conocido aquí, siempre de buen humor. Muy acojedor, especialmente en su piso, donde pasamos mucho tiempo (quizá algunos demasiado tiempo haha) pero en cualquier caso es el mejor anfitrión siempre! Es más, es muy interesante y cultivado. Lo único malo, es que como la mayoría de los erasmus parece no apreciar al pueblo francés como se merece ser apreciado.... hahaha (esto es para ilustrar la arrogancia francesa^^)
Alice (Francia... sí, sé que son demasiados): Carlos, como nos pediste te escribo este pequeño texto sobre que piesno sobre ti! Es un poco raro hacer esto per haré una excepción, igual que tu la hiciste al relacionarte con algunos arrogantes y maleducados franceses!! (gracias por eso, por cierto :)) Eres un tipo generoso al que le gusta la gente en general. Tienes una personalidad marcada y aprecio mucho que nos enseñes historia!! y finalmente, eres MUY gracioso!!!
Pedro/Mr. Calisto (Portugal): Mr Vladimir "Carlos Dominguez" Zapiekanka, el ucraiano que habla el mejor castellano jamás visto!! casi parece de España!! El único que puede decir paloma en portugués y sonar como un retrasado!!
Que puede decir de él? mi compañero en el viaje a Cracovia y especialmente el refuerzo en el increíble viaje a través de los Balcanes. Sin ti la parte histórica del viaje se habría perdido!!
Los meses en Budapest siendo tu vecino fueron muy buenos, ya echo de menos que aparezcas por mi casa sin previo aviso (todavía no echo de menos la faceta gorrona, pero sí tu "te invito" todos los lunes en el Morrisons bar)
A pesar de que nunca estudia o va a la universidad, sigue siendo el mejor historiador que conozco, y con su pasión no necesita estar preocupada por su progreso académico, Amalia (originalmente no ponía Amalia, pero especificaba que se pusiera. N.d.T.) .
En resumen, uno de los mejores portugueses del este que jamaás he conocido!!
Antoine (Francia): Recuerdo la primera vez que ví a Carlos, fue en septiembre, en la primera cena italiana. Éramos un montón y no teníamos suficientes cuchillos y tenedores, por eso hice mi primera broma, pero él pensó que le estaba insultando llamándole cerdo!! En ese momento pensé que sólo era un español sin ningún sentido del humor! Pero entonces me dí cuenta de que era buen chico y la siguiente fiesta estuvimos hablando de geopolítica... Carlos es muy comprensivo incluso cuando es un poco tímido! Y tengo que jugar con él al ajedrez en las termas Szechény antes de dejar esta bella ciudad. También es objetivo porque reconoció que Francia es el mejor país del mundo!! (MENTIRA, JAMÁS) Y sólo por eso me cae bien!!
Hasta aquí los que me han respondido, quizá me responda alguno más en los próximos días. De todas formas, así os hacéis una idea de lo bien que miento a toda esta gente, que se creen que soy majo y tal. Si hasta estoy pensando meterme en politica...
Quizá edite la entrada y añada alguno más, para completar. Pero así más o menos se consigue una visión general del tinglado, creo yo
viernes, 18 de febrero de 2011
Le Grand Tour (2)
Continúo con el relato del viaje, que dejé unos días atrás. Si no sabes de qué hablo, mira la entrada anterior. En cualquier caso, dejad comentarios, que me gusta mucho leerlos. Un saludo a todos los portugueses que me lean.
Añado, además, un mapa que muestra nuestra ruta. Muchas gracias a Mr.Calisto, también llamado Pedro, realizador del mismo.
El traqueteo del tren era relajado, ahora íbamos más despacio. La estación estaba en el centro de Estambul, por lo que recorrimos la ciudad a bordo de esa vieja máquina soviética.
Estambul es una ciudad enorme. Si pensáis en Madrid como ciudad enorme, estáis equivocados. Enorme en todo su sentido, descomunal. Son entre 14 o 17 millones de habitantes registrados, muchos más si contamos ilegales y mendigos. Una de las urbes más grandes de Europa, que tiene gran parte de su territorio en Asia.
Nosotros mirábamos por las ventanas con gran expectación. Murallas, mezquitas, iglesias, el mar. Cuervos, gaviotas, palomas, parecía una síntesis entre el mundo que acbábamos de ver (Rumanía y Bulgaria) y el Mediterráneo.
Llegamos a la estación. Fue uno de los momentos en los que estaba más entusiasmado. Sabía que estaba allí, esperándonoos, Estambul. Nos pusimos a buscar el hostal, y, tras muchas vueltas, lo encontramos. Había un pareja dechinos japoneses coreanos, que nos ayudaron bastante a dormir, porque lo mal que olía la habitación hacía que uno perdiera el sentido en seguida.
No me atrevo a hacer una crónica día por día, primero, porque resultaría un tostón; y segundo, porque no me acuerdo bien. Estuvimos 4 días en Estambul, más que en ninguna otra ciudad del viaje. Sin duda, mereció la pena, y conseguimos verlo prácticamente todo. Si no vimos más, fue por el precio. Veníamos de Bulgaria, y Estambul es una ciudad turística, con sus conseecuentes precios. El resultado fue poco menos que catastrófico para nuestras simples mentes ibéricas, que pensábamos encontrarnos con una ciudad como máximo como Budapest, y nos encontramos con una que era como Madrid, o en ocasiones más cara. La entrada a Santa Sofía son 10 euros, la del palacio de Topkapi otros tantos, si quiere usted ir a la cisterna bizantina 5 más, y así con todo. El resultado: Estambul es una ciudad para ir con pasta. Si no, poco podrás disfrutar.
Sin duda, una de las cosas más bonitas fue Santa Sofía. Imponente por fuera, absolutamente impresionante por dentro, seguramente lo fuera más en época Bizantina, cuando contaba con mosaicos que recubrían todo (los turcos y los terremotos acabaron con ellos). Al principio me costó reconocerla, cosa que me avergüenza como proto-historiador. Me la esperaba de otra forma, sin duda.
Por otro lado (nunca mejor dicho, pues está enfrente) está la mezquita azul, iguald e grande e imponente, pero menos bonita, al ser más sobria. También tiene menos encanto, pues esta construida unos 1000 años después de que se construyera su gemela.
Vimos el palacio Topkapi, lugar de residencia de los sultanes y cosntruido donde antes estaban los antiguos palacios imperiales. Fuimos a Asia también, y nada más llegar llamaron a la oración todos los minaretes (con nada más llegar me refiero a nada más llegar, al poner el pie en tierra), consiguiendo un efecto chulísimo. Y, por fin, estando en el transbordador, pude decir, con todas las de la ley, aquello de:
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá en su frente, Estambul.
La cantidad de kebab que comimos sólo puede compararse con la que puede comer un borracho hambriento a las 5 de la mañana. No hay otra cosa, sólo kebab, y no acabamos con colitis por algún milagro del cielo. Gracias a Dios, o a Alá, cuando se nos empezó a poner cara de dürüm kebab ya nos marchábamos a Tesalónika.
Dejamos atrás Estambul, y, con Tesalónika al frente, nos preparamos para enfrentar el trayecto más largo de todo el viaje. Para más incomodidad, cogimos un autobús, mucho más incómodo que el tren, pero por lo menos resultó más placentero que el Budapest-Cluj Napoca. Tuvimos que esperar lo que se nos hizo una eternidad en la frontera (entrábamos en la Unión Europea). Allí había un policía español que nos explicó un poco que la Unión Europea y Corea del Norte tenían casi los mismos requisitos de acceso. Europa se ha blindado, sobre todo ante El Turco.
Llegamos muy de mañana a Tesalónika, a eso de las 8, con unas chicas erasmus de allí que nos dijeron dónde estaba nuestro hotel. Al principio pensamos en dejar las cosas y ver la ciudad inmediatamente, pero al llegar al hotel dijimos de echarnos una siestecilla de una hora como máximo. A las doce y media nos despertamos.
Así fue Grecia para nosotros: maravillosamente mediterránea. Al salir del hotel, en vez de ver la ciudad, nos fuimos a ver el mar (el mar de verdad, no esa tontería a la que llaman Bósforo). Después, nos fuimos a sentar a un restaurante, donde comimos de lujo pescadito (pulpo, calamares, boquerones... hacía falta, MUCHA falta), y nos invitaron a un entrante y al café. Tras una sobremesa de una hora, nos fuimos a tomar otro café, con vistas al mar. Tras estar allí otra hora y media, nos dispusimos con presteza a ver la ciudad.
Presteza. Presteza mediterránea. La ciudad me encantó, sobre todo por su gente. Gente maravillosa, creedme. Un poco fea e industrial, pero de vez en cuando te encuentras un pedazo de roca con un letrero que te dice que es un baño romano. Miras la roca, no se parece en nada, intentas imaginar cómo era, hasta que te das cuenta de que no puedes, sólo es un cacho de roca de hace 1900 años. Pero puedes ver la forma del asiento, donde se sentaban aquellos romanos, puedes ver la pequeña escalera, que ellos usaron; puedes ver el arco por donde ellos entraron a ese spa latino primigenio.
Pasamos menos tiempo del que me habría gustado en Grecia, pero teníamos que irnos ya a Macedonia si no queríamos que el viaje nos costase lo mismo que una campaña de Justiniano. Así que tomamos el tren más destrozado que he visto en mi vida para ir a la Ex República Yugoslava menos turística de todas.
Se nota que Skopje no es turístico, para bien y para mal. Para bien, porque puedes comer un pedazo de carne como tu cabeza, con pan y guarnición, por dos euros. Para mal porque no está todo lo bonito que podría ser, y la gente te mira con extrañeza (y más teniendo en cuenta que fuimos en Enero).
El hostal era una cosa muy extraña. No había ninguna señalización, ningún cartel, el edificio no era más soviético porque ya habían quitado la estrella. Era el piso de un tipo, convertido en hostal, donde el único huésped, amén de nosotros, era un turco medio homosexual con voz de pito que decía que quería trabajar para Qatar Airlines. El hostel de la muerte.
Al final no nos mataron, todo el mundo fue muy amable, y me llevé una muy buena experiencia de Skopje, en especial de la magnífica fortaleza que tiene. También llegamos a la conclusión de que la ciudad está creando sus monumentos para atraer turistas, uno de ellos son las numerosísimas estatuas que ha desperdigado por la ciudad, entre ellas, la única estatua que he visto de un mendigo.
Llegamos a Serbia, país del que hablaré rápidamente, ya que me estoy quedando sin tiempo. Sin duda, aunque a esas alturas del viaje estábamos muy cansados, supimos valorar la ciudad. Es preciosa, y se ve muy activa. Mucha gente, muchas cosas que hacer, ni rastro de la guerra. Eso sí, un frío de carajo, como dirían los portugueses. Pero frío, de frío frío, pues más. De hecho, si en Grecia fuimos de bar en bar porque nos apetecía ver el mar y disfrutar del país, en Serbia lo hicimos porque no se podía estar en la calle. -12 grados, cágate lorito.
Sin embargo, a pesar del frío, los serbios fueron muy cálidos con nosotros. Nos acogieron muy bien, todos ellos sin excepción, se les nota que quieren ser parte de Europa.
Sin embargo, al final del viaje, cuando volvíamos a Budapest, se subió al tren un policía. Un policía serbio. Nos pidió pasaportes, y en ese momento nos dimos cuenta de que nos faltaba un documento que deberíamos haber pedido en el hostal. El policía se mostró inflexible, debíamos bajarnos del tren, y pagar una multa de hasta 300 euros.
Con los huevos por corbata, intentamos negociarlo, muy sutilmente, esperando que le pudiéramos sobornar. Al rato, nos devolvió los pasaportes, y fue a hablar con su compañero, "a ver si puedo hacer algo", dijo.
Corriendo, y gracias a un amigo en España (Sándor, o Alejandro, un tipo medio húngaro), contactamos con la embajada de España, que nos comunicaron que seguramente tendríamos que sobornarle. Maldiciendo al tipo que iba a hacer que el viaje acabase siendo mucho más caro que una campaña de Justiniano, pasamos los minutos, intentando ver si el tipo volvía. Nos sentimos casi como en La Gran Evasión, intentando escabullirnos, e ideamos varios truculentos planes de huida.
A pesar de todo, el siguiente policía que vino no fue serbio, sino húngaro. Estábamos en la UE. ¡¡Por fin!! ¡¡Serbia, tierra de bárbaros!! Al final el policía resultó ser buena persona (también poco profesional, pero bueno, seguramente hizo lo mejor para su país, ya que ahora mantego mi opinión de que los serbios son buena gente, y os incito a ir, y creo que debería cerrar ya este paréntesis, que más que paréntesis es la frase).
Y así terminó nuestro viaje. Después, estuve casi una semana sin hacer nada de lo cansado que estaba.
Y ahora me voy corriendo a Praga, que no llego
Añado, además, un mapa que muestra nuestra ruta. Muchas gracias a Mr.Calisto, también llamado Pedro, realizador del mismo.
El traqueteo del tren era relajado, ahora íbamos más despacio. La estación estaba en el centro de Estambul, por lo que recorrimos la ciudad a bordo de esa vieja máquina soviética.
Estambul es una ciudad enorme. Si pensáis en Madrid como ciudad enorme, estáis equivocados. Enorme en todo su sentido, descomunal. Son entre 14 o 17 millones de habitantes registrados, muchos más si contamos ilegales y mendigos. Una de las urbes más grandes de Europa, que tiene gran parte de su territorio en Asia.
Nosotros mirábamos por las ventanas con gran expectación. Murallas, mezquitas, iglesias, el mar. Cuervos, gaviotas, palomas, parecía una síntesis entre el mundo que acbábamos de ver (Rumanía y Bulgaria) y el Mediterráneo.
Llegamos a la estación. Fue uno de los momentos en los que estaba más entusiasmado. Sabía que estaba allí, esperándonoos, Estambul. Nos pusimos a buscar el hostal, y, tras muchas vueltas, lo encontramos. Había un pareja de
No me atrevo a hacer una crónica día por día, primero, porque resultaría un tostón; y segundo, porque no me acuerdo bien. Estuvimos 4 días en Estambul, más que en ninguna otra ciudad del viaje. Sin duda, mereció la pena, y conseguimos verlo prácticamente todo. Si no vimos más, fue por el precio. Veníamos de Bulgaria, y Estambul es una ciudad turística, con sus conseecuentes precios. El resultado fue poco menos que catastrófico para nuestras simples mentes ibéricas, que pensábamos encontrarnos con una ciudad como máximo como Budapest, y nos encontramos con una que era como Madrid, o en ocasiones más cara. La entrada a Santa Sofía son 10 euros, la del palacio de Topkapi otros tantos, si quiere usted ir a la cisterna bizantina 5 más, y así con todo. El resultado: Estambul es una ciudad para ir con pasta. Si no, poco podrás disfrutar.
Sin duda, una de las cosas más bonitas fue Santa Sofía. Imponente por fuera, absolutamente impresionante por dentro, seguramente lo fuera más en época Bizantina, cuando contaba con mosaicos que recubrían todo (los turcos y los terremotos acabaron con ellos). Al principio me costó reconocerla, cosa que me avergüenza como proto-historiador. Me la esperaba de otra forma, sin duda.
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| De izq. a derecha: Rafa, Rui, Yo y Pedro con la cara fantasmal |
Vimos el palacio Topkapi, lugar de residencia de los sultanes y cosntruido donde antes estaban los antiguos palacios imperiales. Fuimos a Asia también, y nada más llegar llamaron a la oración todos los minaretes (con nada más llegar me refiero a nada más llegar, al poner el pie en tierra), consiguiendo un efecto chulísimo. Y, por fin, estando en el transbordador, pude decir, con todas las de la ley, aquello de:
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá en su frente, Estambul.
La cantidad de kebab que comimos sólo puede compararse con la que puede comer un borracho hambriento a las 5 de la mañana. No hay otra cosa, sólo kebab, y no acabamos con colitis por algún milagro del cielo. Gracias a Dios, o a Alá, cuando se nos empezó a poner cara de dürüm kebab ya nos marchábamos a Tesalónika.
Dejamos atrás Estambul, y, con Tesalónika al frente, nos preparamos para enfrentar el trayecto más largo de todo el viaje. Para más incomodidad, cogimos un autobús, mucho más incómodo que el tren, pero por lo menos resultó más placentero que el Budapest-Cluj Napoca. Tuvimos que esperar lo que se nos hizo una eternidad en la frontera (entrábamos en la Unión Europea). Allí había un policía español que nos explicó un poco que la Unión Europea y Corea del Norte tenían casi los mismos requisitos de acceso. Europa se ha blindado, sobre todo ante El Turco.
Llegamos muy de mañana a Tesalónika, a eso de las 8, con unas chicas erasmus de allí que nos dijeron dónde estaba nuestro hotel. Al principio pensamos en dejar las cosas y ver la ciudad inmediatamente, pero al llegar al hotel dijimos de echarnos una siestecilla de una hora como máximo. A las doce y media nos despertamos.
Así fue Grecia para nosotros: maravillosamente mediterránea. Al salir del hotel, en vez de ver la ciudad, nos fuimos a ver el mar (el mar de verdad, no esa tontería a la que llaman Bósforo). Después, nos fuimos a sentar a un restaurante, donde comimos de lujo pescadito (pulpo, calamares, boquerones... hacía falta, MUCHA falta), y nos invitaron a un entrante y al café. Tras una sobremesa de una hora, nos fuimos a tomar otro café, con vistas al mar. Tras estar allí otra hora y media, nos dispusimos con presteza a ver la ciudad.
Presteza. Presteza mediterránea. La ciudad me encantó, sobre todo por su gente. Gente maravillosa, creedme. Un poco fea e industrial, pero de vez en cuando te encuentras un pedazo de roca con un letrero que te dice que es un baño romano. Miras la roca, no se parece en nada, intentas imaginar cómo era, hasta que te das cuenta de que no puedes, sólo es un cacho de roca de hace 1900 años. Pero puedes ver la forma del asiento, donde se sentaban aquellos romanos, puedes ver la pequeña escalera, que ellos usaron; puedes ver el arco por donde ellos entraron a ese spa latino primigenio.
| Mientras escribo esto mi amigo argentino ha puesto música griega, de esa de no preocuparse |
Pasamos menos tiempo del que me habría gustado en Grecia, pero teníamos que irnos ya a Macedonia si no queríamos que el viaje nos costase lo mismo que una campaña de Justiniano. Así que tomamos el tren más destrozado que he visto en mi vida para ir a la Ex República Yugoslava menos turística de todas.
Se nota que Skopje no es turístico, para bien y para mal. Para bien, porque puedes comer un pedazo de carne como tu cabeza, con pan y guarnición, por dos euros. Para mal porque no está todo lo bonito que podría ser, y la gente te mira con extrañeza (y más teniendo en cuenta que fuimos en Enero).
El hostal era una cosa muy extraña. No había ninguna señalización, ningún cartel, el edificio no era más soviético porque ya habían quitado la estrella. Era el piso de un tipo, convertido en hostal, donde el único huésped, amén de nosotros, era un turco medio homosexual con voz de pito que decía que quería trabajar para Qatar Airlines. El hostel de la muerte.
Al final no nos mataron, todo el mundo fue muy amable, y me llevé una muy buena experiencia de Skopje, en especial de la magnífica fortaleza que tiene. También llegamos a la conclusión de que la ciudad está creando sus monumentos para atraer turistas, uno de ellos son las numerosísimas estatuas que ha desperdigado por la ciudad, entre ellas, la única estatua que he visto de un mendigo.
| Estos encantadores niños que quisieron una foto con nosotros no estaban acostumbrados a los turistas |
Llegamos a Serbia, país del que hablaré rápidamente, ya que me estoy quedando sin tiempo. Sin duda, aunque a esas alturas del viaje estábamos muy cansados, supimos valorar la ciudad. Es preciosa, y se ve muy activa. Mucha gente, muchas cosas que hacer, ni rastro de la guerra. Eso sí, un frío de carajo, como dirían los portugueses. Pero frío, de frío frío, pues más. De hecho, si en Grecia fuimos de bar en bar porque nos apetecía ver el mar y disfrutar del país, en Serbia lo hicimos porque no se podía estar en la calle. -12 grados, cágate lorito.
| La movilidad que el frío nos arrebataba queda bien plasmada en esta foto |
| Tuvimos que arriesgar nuestra vida para que el corazón no se congelara |
Sin embargo, al final del viaje, cuando volvíamos a Budapest, se subió al tren un policía. Un policía serbio. Nos pidió pasaportes, y en ese momento nos dimos cuenta de que nos faltaba un documento que deberíamos haber pedido en el hostal. El policía se mostró inflexible, debíamos bajarnos del tren, y pagar una multa de hasta 300 euros.
Con los huevos por corbata, intentamos negociarlo, muy sutilmente, esperando que le pudiéramos sobornar. Al rato, nos devolvió los pasaportes, y fue a hablar con su compañero, "a ver si puedo hacer algo", dijo.
Corriendo, y gracias a un amigo en España (Sándor, o Alejandro, un tipo medio húngaro), contactamos con la embajada de España, que nos comunicaron que seguramente tendríamos que sobornarle. Maldiciendo al tipo que iba a hacer que el viaje acabase siendo mucho más caro que una campaña de Justiniano, pasamos los minutos, intentando ver si el tipo volvía. Nos sentimos casi como en La Gran Evasión, intentando escabullirnos, e ideamos varios truculentos planes de huida.
A pesar de todo, el siguiente policía que vino no fue serbio, sino húngaro. Estábamos en la UE. ¡¡Por fin!! ¡¡Serbia, tierra de bárbaros!! Al final el policía resultó ser buena persona (también poco profesional, pero bueno, seguramente hizo lo mejor para su país, ya que ahora mantego mi opinión de que los serbios son buena gente, y os incito a ir, y creo que debería cerrar ya este paréntesis, que más que paréntesis es la frase).
Y así terminó nuestro viaje. Después, estuve casi una semana sin hacer nada de lo cansado que estaba.
Y ahora me voy corriendo a Praga, que no llego
lunes, 7 de febrero de 2011
Le Grand Tour
Tras tanto tiempo sin escribir (mes y medio) vuelvo a la carga en el blog, con un material de primera, Le Grand Tour. Era costumbre, entre las clases altas de hace unas centurias, darse una vuelta por Europa cuando todavía se era joven, como viaje iniciático para poder adquirir experiencias de las que poder fanfarronear ante sus amigos y familiares.
Como buen noble que soy, he realizado un gran viaje por Europa, como antaño realizaron esos pomposos europeos. Ellos solían ir a Italia, yo fui a los Balcanes.
La ruta que seguimos fue (ciudades donde dormimos):Budapest->Cluj Napoca->Brasov -> Sibiu -> Bucarest -> Sofia -> Estambul -> Tesalónica -> Skopje -> Belgrado -> Budapest
Así, con el ánimo dispuesto y el cuerpo fuerte tras comilonas de Navidad, una expedición hispano-lusitana partió de Budapest la noche del 14 de enero de 2011, Silvia, Rafa, Pedro (éste es el portugués) y yo.
Llegamos a Cluj Napoca a primera hora de la mañana. Habíamos dormido fatal en el autobús, y la espesa niebla que cubría la ciudad hacía que el ambiente fuese completamente tenebroso. Fue ideal, estábamos en Transilvania.
Tras una pausa técnica en una cafetería, encontramos un hostal y nos dispusimos a ver la ciudad. En un día vimos lo que había que ver, y no aburriré al lector con detalles superfluos. Como es de esperar, Cluj Napoca (como toda Rumanía, y ésta como todos los países del este) conjugan edificios antiguos y bonitos con destartalados bloques de viviendas soviéticos, como los que pueden encontrarse por Alicante. Lo que nos llamó la atención fue la cantidad de cuervos que había: gordos, negros y chillones, superaban en mucho a la exigua comunidad de palomas local. Pronto descubrimos que lo común en Transilvania, en honor a su fama, no son las palomas, sino los cuervos.
Vista la ciudad, y sabiendo que al día siguiente nos iríamos de allí, tomamos la decisión más acertada de todo el viaje. Alquilamos un coche. Pedro, el portugués; y Silvia, mi compañera de piso; tenían en su poder unos cartoncitos que les acreditaban para poder manejar esas máquinas de acuerdo con la ley. Así que, tras mucho pensarlo, alquilamos el coche, y fuimos rumbo a Brasov.
Tras parar en Targu Mures, la ciudad más fea de Rumanía, llegamos a Sigisoara, que probablemente sea el pueblo más bonito, además del hogar de Vlad Tepes, príncipe de Valaquia e inspirador de Drácula, para Bram Stoker. El pueblo es realmente bonito, y nos llegó a resultar terrorífico.
Por fin, aunque ya de noche, llegamos a Brasov, una pequeña ciudad famosa por estar enmarcada en un paraje natural único y salvaje. Tan salvaje que, en verano, no es raro ver osos merodeando por los suburbios. Aprovechando eso, fuimos a dar una vuelta por el campo, que estaba muy bonito.
Al día siguiente tras ver la ciudad, seguimos, en coche, la ruta. El plan era ver Rasnov, Bran y otro castillo, de cuyo nombre no me acuerdo. Rasnov fue impresionante, a Bran llegamos tarde y no pudimos entrar, y el otro ya nos pillaba muy tarde como para ir, teniendo que desviarnos de un camino que nos había costado sudor y lágrimas encontrar. Por cierto que casi nos cargamos el coche, ya que las carreteras rumanas son mucho peores de lo que os podeis imaginar. Finalmente llegamos a Sibiu, donde nos encontramos con Rui, un amigo común portugués que se nos unió a mitad del viaje.
Tras ver Sibiu (ciudad de la que casi no me acuerdo), dejamos definitivamente el coche, y nos fuimos a Bucarest.
Bucarest no tiene mucho que ver. Es una ciudad muy grande, pero con un centro histórico muy difuso y poco bonito. Merece la pena, pero no sé si tanto como para estar dos noches, como nosotros estuvimos.
Diciendo adiós a Rumanía, cogimos un tren (cogido por poco, corriendo íbamos por la estación) con destino a Sofía. Llegamos tarde, pero en seguida decidimos pasar dos noches allí. Vimos el impresionante monasterio de Rila, encajado entre montañas, y que constituye una de las cosas más bonitas que hemos visto en el viaje. Sofía también es bonita, pero después de haber estado por Transilvania, nos supo a poco.
Sin embargo, hicimos muy buenas migas con la recepcionista del hostal, que nos llevó con sus amigos y hablamos sobre lo divino y lo humano. Impresiona encontrar, allá donde vayas, que la gente joven es muy parecida entre sí. Cosas de la globalización, supongo.
En Sofía dijimos adiós a Silvia. Como pérfida catalana que es, no quería hacer un viaje tan largo, así que ella iba a Serbia, para volver después a Hungría. Así, la expedición se reducía a Rafa, los dos portugueses (Pedro y Rui) y yo.
La siguiente parada era Estambul. Nos montamos en un tren nocturno, de esos con cama, tras una virulenta batalla de bolas de nieve. Procedíamos a salir de la Unión Europea por primera vez. El compartimento en el que dormimos Rafa y yo olía a pis, y por el traqueteo del tren me costó muchísimo dormir, ya que pensaba que nos íbamos a matar. El tren ciertamente propiciaba estos pensamientos, ya que era un convoy búlgaro de tiempos de la Primera Guerra Mundial, donde ni el revisor hablaba inglés (aunque hablaba alemán). Finalmente, tras atravesar la frontera, me logré dormir.
Tiempo después llamaron a la puerta. Abrimos, no sin dificultad, para encontrarnos con el revisor.
- Orient, Istambul*
Habíamos llegado
*Es posible que no dijera Orient, sino Morgen, pero yo le escuché lo primero, y queda más bonito. Continuaré el relato en la próxima entrada
Como buen noble que soy, he realizado un gran viaje por Europa, como antaño realizaron esos pomposos europeos. Ellos solían ir a Italia, yo fui a los Balcanes.
La ruta que seguimos fue (ciudades donde dormimos):Budapest->Cluj Napoca->Brasov -> Sibiu -> Bucarest -> Sofia -> Estambul -> Tesalónica -> Skopje -> Belgrado -> Budapest
Así, con el ánimo dispuesto y el cuerpo fuerte tras comilonas de Navidad, una expedición hispano-lusitana partió de Budapest la noche del 14 de enero de 2011, Silvia, Rafa, Pedro (éste es el portugués) y yo.
Llegamos a Cluj Napoca a primera hora de la mañana. Habíamos dormido fatal en el autobús, y la espesa niebla que cubría la ciudad hacía que el ambiente fuese completamente tenebroso. Fue ideal, estábamos en Transilvania.
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| Primera foto del viaje: Pedro, Rafa y yo |
Vista la ciudad, y sabiendo que al día siguiente nos iríamos de allí, tomamos la decisión más acertada de todo el viaje. Alquilamos un coche. Pedro, el portugués; y Silvia, mi compañera de piso; tenían en su poder unos cartoncitos que les acreditaban para poder manejar esas máquinas de acuerdo con la ley. Así que, tras mucho pensarlo, alquilamos el coche, y fuimos rumbo a Brasov.
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| Por el camino nos encontramos algunas humildes y estéticas casas de gitanos |
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| Transilvania, Niebla, Invierno y Cementerio. ¿Hay algún lugar mejor para tener miedo? |
Por fin, aunque ya de noche, llegamos a Brasov, una pequeña ciudad famosa por estar enmarcada en un paraje natural único y salvaje. Tan salvaje que, en verano, no es raro ver osos merodeando por los suburbios. Aprovechando eso, fuimos a dar una vuelta por el campo, que estaba muy bonito.
Al día siguiente tras ver la ciudad, seguimos, en coche, la ruta. El plan era ver Rasnov, Bran y otro castillo, de cuyo nombre no me acuerdo. Rasnov fue impresionante, a Bran llegamos tarde y no pudimos entrar, y el otro ya nos pillaba muy tarde como para ir, teniendo que desviarnos de un camino que nos había costado sudor y lágrimas encontrar. Por cierto que casi nos cargamos el coche, ya que las carreteras rumanas son mucho peores de lo que os podeis imaginar. Finalmente llegamos a Sibiu, donde nos encontramos con Rui, un amigo común portugués que se nos unió a mitad del viaje.
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| En ocasiones sacaba de quicio a algunos miembros del grupo |
Bucarest no tiene mucho que ver. Es una ciudad muy grande, pero con un centro histórico muy difuso y poco bonito. Merece la pena, pero no sé si tanto como para estar dos noches, como nosotros estuvimos.
Diciendo adiós a Rumanía, cogimos un tren (cogido por poco, corriendo íbamos por la estación) con destino a Sofía. Llegamos tarde, pero en seguida decidimos pasar dos noches allí. Vimos el impresionante monasterio de Rila, encajado entre montañas, y que constituye una de las cosas más bonitas que hemos visto en el viaje. Sofía también es bonita, pero después de haber estado por Transilvania, nos supo a poco.
Sin embargo, hicimos muy buenas migas con la recepcionista del hostal, que nos llevó con sus amigos y hablamos sobre lo divino y lo humano. Impresiona encontrar, allá donde vayas, que la gente joven es muy parecida entre sí. Cosas de la globalización, supongo.
En Sofía dijimos adiós a Silvia. Como pérfida catalana que es, no quería hacer un viaje tan largo, así que ella iba a Serbia, para volver después a Hungría. Así, la expedición se reducía a Rafa, los dos portugueses (Pedro y Rui) y yo.
La siguiente parada era Estambul. Nos montamos en un tren nocturno, de esos con cama, tras una virulenta batalla de bolas de nieve. Procedíamos a salir de la Unión Europea por primera vez. El compartimento en el que dormimos Rafa y yo olía a pis, y por el traqueteo del tren me costó muchísimo dormir, ya que pensaba que nos íbamos a matar. El tren ciertamente propiciaba estos pensamientos, ya que era un convoy búlgaro de tiempos de la Primera Guerra Mundial, donde ni el revisor hablaba inglés (aunque hablaba alemán). Finalmente, tras atravesar la frontera, me logré dormir.
Tiempo después llamaron a la puerta. Abrimos, no sin dificultad, para encontrarnos con el revisor.
- Orient, Istambul*
Habíamos llegado
*Es posible que no dijera Orient, sino Morgen, pero yo le escuché lo primero, y queda más bonito. Continuaré el relato en la próxima entrada
miércoles, 22 de diciembre de 2010
De los últimos días en Budapest
Dije que hablaría sobre la cara seria del erasmus. Sobre exámenes y trabajos. Pero, la verdad, no me apetece un carajo.
Ya mañana me marcho para MadriZ. Y aquí queda muy poca gente. Ayer me despedí de unos amigos portugueses que se iban hoy. El lunes por la noche me despedí de Silvia, mi compañera de piso, que se iba de madrugada; y también de Paolo, que se iba el martes a mediodía. Y el jueves por la noche me despedí de Joanna, la polaca. Ahora estoy aquí solo, apenas queda gente: un par de belgas que no celebran la navidad (en fin...) y el argentino aquel que vive aquí. Progresivamente se ha ido yendo gente, cuando eres el último en irte, como es el caso, da mucha lástima.
El otro día me fui para Cracovia. Me dijeron: oye, te vienes a Cracovia?, y fue como sigue:
Despiértome de buena mañana, y tras llenar una mochililla con todo lo que creía necesario, salgo para el punto de encuentro, con un amigo portugués. Llegamos tarde a la estación, donde ya nos esperaban unas portuguesas, pero pudimos subir al autobús. 7 horas de viaje. Dejémoslo claro. No son 7 horas por autopistas occidentales y demás, no. Sólo Hungría tiene autopistas, el resto (Eslovaquia y Polonia) son carreterillas entre montañas nevadas. Finalmente conseguimos llegar, tras pasarlo muy mal, especialmente yo. Al día siguiente, sábado, llegó un italiano.
Cracovia es una ciudad muy bonita. Edificios muy bonitos, todo cubierto de nieve, y un ambiente navideño muy cuco. Sin embargo, hacía un frío de mil pares de narices. A las dos de la tarde la temperatura máxima era de -7ºC, y después, fácilmente llegaba a -11ºC y más. Por eso que las frases más oídas hayan sido:
- Ho i piedi congelati
- Faz um frio de caralho
- Joder que frío hace
Gran éxito Cracovia, aunque eso sí, a los polacos hay que ponerlos a parte. Agresivos, borrachos, violentos, amantes de la pelea y los gritos. Y luego dicen que no son como los rusos. Son iguales, panda de borrachos, llegamos tener problemas con ellos. No llegamos a las manos, pero nos insultaban y demás, la madre que les parió, y nosotros pasábamos de ellos, y a otra cosa, no quiero problemas. Energúmenos, cuando volví a Hungría, los pacíficos y aburridos húngaros me cayeron muchísimo mejor.
También visitamos el campo de concentración y exterminio de Auschwitz. Llegué allí intentando no creerme nada, ser objetivo, y obviar toda la propaganda que el gobierno israelí tiene metida allí. Así, al comprar la entrada, me dieron una pegatina de estas para que sepan que has pagado, para poner en el pecho, de color amarillo. ¡Qué casualidad! ¡Seguro que no se han dado cuenta del paralelismo!
Pero en seguida uno se rinde y asume lo obvio: el horror. Realmente escalofriante. Coincidimos con una argentina cuyos abuelos habían estado en el campo, lo cual nos aportó otro punto de vista. Realmente, cada cosa que ves es siempre peor que la anterior, y son unas 5 horas de visita, así que figúrense el panorama. La entrada es gratis, gracias a Dios (sería una verguenza que cobraran por esto), sólo hay que pagar el guía, si uno quiere, aunque yo lo recomiendo.
Ya terminada la facultad, visitada Polonia, despedido de amigos, sólo me queda cenar con el argentino y el belga que quedan aquí, y mañana volar para España. Tengo ganas, pero sé que tengo ganas de volver.
Nos vemos mañana
Ya mañana me marcho para MadriZ. Y aquí queda muy poca gente. Ayer me despedí de unos amigos portugueses que se iban hoy. El lunes por la noche me despedí de Silvia, mi compañera de piso, que se iba de madrugada; y también de Paolo, que se iba el martes a mediodía. Y el jueves por la noche me despedí de Joanna, la polaca. Ahora estoy aquí solo, apenas queda gente: un par de belgas que no celebran la navidad (en fin...) y el argentino aquel que vive aquí. Progresivamente se ha ido yendo gente, cuando eres el último en irte, como es el caso, da mucha lástima.
El otro día me fui para Cracovia. Me dijeron: oye, te vienes a Cracovia?, y fue como sigue:
Despiértome de buena mañana, y tras llenar una mochililla con todo lo que creía necesario, salgo para el punto de encuentro, con un amigo portugués. Llegamos tarde a la estación, donde ya nos esperaban unas portuguesas, pero pudimos subir al autobús. 7 horas de viaje. Dejémoslo claro. No son 7 horas por autopistas occidentales y demás, no. Sólo Hungría tiene autopistas, el resto (Eslovaquia y Polonia) son carreterillas entre montañas nevadas. Finalmente conseguimos llegar, tras pasarlo muy mal, especialmente yo. Al día siguiente, sábado, llegó un italiano.
Cracovia es una ciudad muy bonita. Edificios muy bonitos, todo cubierto de nieve, y un ambiente navideño muy cuco. Sin embargo, hacía un frío de mil pares de narices. A las dos de la tarde la temperatura máxima era de -7ºC, y después, fácilmente llegaba a -11ºC y más. Por eso que las frases más oídas hayan sido:
- Ho i piedi congelati
- Faz um frio de caralho
- Joder que frío hace
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| Obsérvese la natural y espontánea postura de todos... el grado de congelación en ese instante era de 7 sobre 10 |
También visitamos el campo de concentración y exterminio de Auschwitz. Llegué allí intentando no creerme nada, ser objetivo, y obviar toda la propaganda que el gobierno israelí tiene metida allí. Así, al comprar la entrada, me dieron una pegatina de estas para que sepan que has pagado, para poner en el pecho, de color amarillo. ¡Qué casualidad! ¡Seguro que no se han dado cuenta del paralelismo!
Pero en seguida uno se rinde y asume lo obvio: el horror. Realmente escalofriante. Coincidimos con una argentina cuyos abuelos habían estado en el campo, lo cual nos aportó otro punto de vista. Realmente, cada cosa que ves es siempre peor que la anterior, y son unas 5 horas de visita, así que figúrense el panorama. La entrada es gratis, gracias a Dios (sería una verguenza que cobraran por esto), sólo hay que pagar el guía, si uno quiere, aunque yo lo recomiendo.
Ya terminada la facultad, visitada Polonia, despedido de amigos, sólo me queda cenar con el argentino y el belga que quedan aquí, y mañana volar para España. Tengo ganas, pero sé que tengo ganas de volver.
Nos vemos mañana
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