Continúo con el relato del viaje, que dejé unos días atrás. Si no sabes de qué hablo, mira la entrada anterior. En cualquier caso, dejad comentarios, que me gusta mucho leerlos. Un saludo a todos los portugueses que me lean.
Añado, además, un mapa que muestra nuestra ruta. Muchas gracias a Mr.Calisto, también llamado Pedro, realizador del mismo.
El traqueteo del tren era relajado, ahora íbamos más despacio. La estación estaba en el centro de Estambul, por lo que recorrimos la ciudad a bordo de esa vieja máquina soviética.
Estambul es una ciudad enorme. Si pensáis en Madrid como ciudad enorme, estáis equivocados. Enorme en todo su sentido, descomunal. Son entre 14 o 17 millones de habitantes registrados, muchos más si contamos ilegales y mendigos. Una de las urbes más grandes de Europa, que tiene gran parte de su territorio en Asia.
Nosotros mirábamos por las ventanas con gran expectación. Murallas, mezquitas, iglesias, el mar. Cuervos, gaviotas, palomas, parecía una síntesis entre el mundo que acbábamos de ver (Rumanía y Bulgaria) y el Mediterráneo.
Llegamos a la estación. Fue uno de los momentos en los que estaba más entusiasmado. Sabía que estaba allí, esperándonoos, Estambul. Nos pusimos a buscar el hostal, y, tras muchas vueltas, lo encontramos. Había un pareja dechinos japoneses coreanos, que nos ayudaron bastante a dormir, porque lo mal que olía la habitación hacía que uno perdiera el sentido en seguida.
No me atrevo a hacer una crónica día por día, primero, porque resultaría un tostón; y segundo, porque no me acuerdo bien. Estuvimos 4 días en Estambul, más que en ninguna otra ciudad del viaje. Sin duda, mereció la pena, y conseguimos verlo prácticamente todo. Si no vimos más, fue por el precio. Veníamos de Bulgaria, y Estambul es una ciudad turística, con sus conseecuentes precios. El resultado fue poco menos que catastrófico para nuestras simples mentes ibéricas, que pensábamos encontrarnos con una ciudad como máximo como Budapest, y nos encontramos con una que era como Madrid, o en ocasiones más cara. La entrada a Santa Sofía son 10 euros, la del palacio de Topkapi otros tantos, si quiere usted ir a la cisterna bizantina 5 más, y así con todo. El resultado: Estambul es una ciudad para ir con pasta. Si no, poco podrás disfrutar.
Sin duda, una de las cosas más bonitas fue Santa Sofía. Imponente por fuera, absolutamente impresionante por dentro, seguramente lo fuera más en época Bizantina, cuando contaba con mosaicos que recubrían todo (los turcos y los terremotos acabaron con ellos). Al principio me costó reconocerla, cosa que me avergüenza como proto-historiador. Me la esperaba de otra forma, sin duda.
Por otro lado (nunca mejor dicho, pues está enfrente) está la mezquita azul, iguald e grande e imponente, pero menos bonita, al ser más sobria. También tiene menos encanto, pues esta construida unos 1000 años después de que se construyera su gemela.
Vimos el palacio Topkapi, lugar de residencia de los sultanes y cosntruido donde antes estaban los antiguos palacios imperiales. Fuimos a Asia también, y nada más llegar llamaron a la oración todos los minaretes (con nada más llegar me refiero a nada más llegar, al poner el pie en tierra), consiguiendo un efecto chulísimo. Y, por fin, estando en el transbordador, pude decir, con todas las de la ley, aquello de:
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá en su frente, Estambul.
La cantidad de kebab que comimos sólo puede compararse con la que puede comer un borracho hambriento a las 5 de la mañana. No hay otra cosa, sólo kebab, y no acabamos con colitis por algún milagro del cielo. Gracias a Dios, o a Alá, cuando se nos empezó a poner cara de dürüm kebab ya nos marchábamos a Tesalónika.
Dejamos atrás Estambul, y, con Tesalónika al frente, nos preparamos para enfrentar el trayecto más largo de todo el viaje. Para más incomodidad, cogimos un autobús, mucho más incómodo que el tren, pero por lo menos resultó más placentero que el Budapest-Cluj Napoca. Tuvimos que esperar lo que se nos hizo una eternidad en la frontera (entrábamos en la Unión Europea). Allí había un policía español que nos explicó un poco que la Unión Europea y Corea del Norte tenían casi los mismos requisitos de acceso. Europa se ha blindado, sobre todo ante El Turco.
Llegamos muy de mañana a Tesalónika, a eso de las 8, con unas chicas erasmus de allí que nos dijeron dónde estaba nuestro hotel. Al principio pensamos en dejar las cosas y ver la ciudad inmediatamente, pero al llegar al hotel dijimos de echarnos una siestecilla de una hora como máximo. A las doce y media nos despertamos.
Así fue Grecia para nosotros: maravillosamente mediterránea. Al salir del hotel, en vez de ver la ciudad, nos fuimos a ver el mar (el mar de verdad, no esa tontería a la que llaman Bósforo). Después, nos fuimos a sentar a un restaurante, donde comimos de lujo pescadito (pulpo, calamares, boquerones... hacía falta, MUCHA falta), y nos invitaron a un entrante y al café. Tras una sobremesa de una hora, nos fuimos a tomar otro café, con vistas al mar. Tras estar allí otra hora y media, nos dispusimos con presteza a ver la ciudad.
Presteza. Presteza mediterránea. La ciudad me encantó, sobre todo por su gente. Gente maravillosa, creedme. Un poco fea e industrial, pero de vez en cuando te encuentras un pedazo de roca con un letrero que te dice que es un baño romano. Miras la roca, no se parece en nada, intentas imaginar cómo era, hasta que te das cuenta de que no puedes, sólo es un cacho de roca de hace 1900 años. Pero puedes ver la forma del asiento, donde se sentaban aquellos romanos, puedes ver la pequeña escalera, que ellos usaron; puedes ver el arco por donde ellos entraron a ese spa latino primigenio.
Pasamos menos tiempo del que me habría gustado en Grecia, pero teníamos que irnos ya a Macedonia si no queríamos que el viaje nos costase lo mismo que una campaña de Justiniano. Así que tomamos el tren más destrozado que he visto en mi vida para ir a la Ex República Yugoslava menos turística de todas.
Se nota que Skopje no es turístico, para bien y para mal. Para bien, porque puedes comer un pedazo de carne como tu cabeza, con pan y guarnición, por dos euros. Para mal porque no está todo lo bonito que podría ser, y la gente te mira con extrañeza (y más teniendo en cuenta que fuimos en Enero).
El hostal era una cosa muy extraña. No había ninguna señalización, ningún cartel, el edificio no era más soviético porque ya habían quitado la estrella. Era el piso de un tipo, convertido en hostal, donde el único huésped, amén de nosotros, era un turco medio homosexual con voz de pito que decía que quería trabajar para Qatar Airlines. El hostel de la muerte.
Al final no nos mataron, todo el mundo fue muy amable, y me llevé una muy buena experiencia de Skopje, en especial de la magnífica fortaleza que tiene. También llegamos a la conclusión de que la ciudad está creando sus monumentos para atraer turistas, uno de ellos son las numerosísimas estatuas que ha desperdigado por la ciudad, entre ellas, la única estatua que he visto de un mendigo.
Llegamos a Serbia, país del que hablaré rápidamente, ya que me estoy quedando sin tiempo. Sin duda, aunque a esas alturas del viaje estábamos muy cansados, supimos valorar la ciudad. Es preciosa, y se ve muy activa. Mucha gente, muchas cosas que hacer, ni rastro de la guerra. Eso sí, un frío de carajo, como dirían los portugueses. Pero frío, de frío frío, pues más. De hecho, si en Grecia fuimos de bar en bar porque nos apetecía ver el mar y disfrutar del país, en Serbia lo hicimos porque no se podía estar en la calle. -12 grados, cágate lorito.
Sin embargo, a pesar del frío, los serbios fueron muy cálidos con nosotros. Nos acogieron muy bien, todos ellos sin excepción, se les nota que quieren ser parte de Europa.
Sin embargo, al final del viaje, cuando volvíamos a Budapest, se subió al tren un policía. Un policía serbio. Nos pidió pasaportes, y en ese momento nos dimos cuenta de que nos faltaba un documento que deberíamos haber pedido en el hostal. El policía se mostró inflexible, debíamos bajarnos del tren, y pagar una multa de hasta 300 euros.
Con los huevos por corbata, intentamos negociarlo, muy sutilmente, esperando que le pudiéramos sobornar. Al rato, nos devolvió los pasaportes, y fue a hablar con su compañero, "a ver si puedo hacer algo", dijo.
Corriendo, y gracias a un amigo en España (Sándor, o Alejandro, un tipo medio húngaro), contactamos con la embajada de España, que nos comunicaron que seguramente tendríamos que sobornarle. Maldiciendo al tipo que iba a hacer que el viaje acabase siendo mucho más caro que una campaña de Justiniano, pasamos los minutos, intentando ver si el tipo volvía. Nos sentimos casi como en La Gran Evasión, intentando escabullirnos, e ideamos varios truculentos planes de huida.
A pesar de todo, el siguiente policía que vino no fue serbio, sino húngaro. Estábamos en la UE. ¡¡Por fin!! ¡¡Serbia, tierra de bárbaros!! Al final el policía resultó ser buena persona (también poco profesional, pero bueno, seguramente hizo lo mejor para su país, ya que ahora mantego mi opinión de que los serbios son buena gente, y os incito a ir, y creo que debería cerrar ya este paréntesis, que más que paréntesis es la frase).
Y así terminó nuestro viaje. Después, estuve casi una semana sin hacer nada de lo cansado que estaba.
Y ahora me voy corriendo a Praga, que no llego
Añado, además, un mapa que muestra nuestra ruta. Muchas gracias a Mr.Calisto, también llamado Pedro, realizador del mismo.
El traqueteo del tren era relajado, ahora íbamos más despacio. La estación estaba en el centro de Estambul, por lo que recorrimos la ciudad a bordo de esa vieja máquina soviética.
Estambul es una ciudad enorme. Si pensáis en Madrid como ciudad enorme, estáis equivocados. Enorme en todo su sentido, descomunal. Son entre 14 o 17 millones de habitantes registrados, muchos más si contamos ilegales y mendigos. Una de las urbes más grandes de Europa, que tiene gran parte de su territorio en Asia.
Nosotros mirábamos por las ventanas con gran expectación. Murallas, mezquitas, iglesias, el mar. Cuervos, gaviotas, palomas, parecía una síntesis entre el mundo que acbábamos de ver (Rumanía y Bulgaria) y el Mediterráneo.
Llegamos a la estación. Fue uno de los momentos en los que estaba más entusiasmado. Sabía que estaba allí, esperándonoos, Estambul. Nos pusimos a buscar el hostal, y, tras muchas vueltas, lo encontramos. Había un pareja de
No me atrevo a hacer una crónica día por día, primero, porque resultaría un tostón; y segundo, porque no me acuerdo bien. Estuvimos 4 días en Estambul, más que en ninguna otra ciudad del viaje. Sin duda, mereció la pena, y conseguimos verlo prácticamente todo. Si no vimos más, fue por el precio. Veníamos de Bulgaria, y Estambul es una ciudad turística, con sus conseecuentes precios. El resultado fue poco menos que catastrófico para nuestras simples mentes ibéricas, que pensábamos encontrarnos con una ciudad como máximo como Budapest, y nos encontramos con una que era como Madrid, o en ocasiones más cara. La entrada a Santa Sofía son 10 euros, la del palacio de Topkapi otros tantos, si quiere usted ir a la cisterna bizantina 5 más, y así con todo. El resultado: Estambul es una ciudad para ir con pasta. Si no, poco podrás disfrutar.
Sin duda, una de las cosas más bonitas fue Santa Sofía. Imponente por fuera, absolutamente impresionante por dentro, seguramente lo fuera más en época Bizantina, cuando contaba con mosaicos que recubrían todo (los turcos y los terremotos acabaron con ellos). Al principio me costó reconocerla, cosa que me avergüenza como proto-historiador. Me la esperaba de otra forma, sin duda.
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| De izq. a derecha: Rafa, Rui, Yo y Pedro con la cara fantasmal |
Vimos el palacio Topkapi, lugar de residencia de los sultanes y cosntruido donde antes estaban los antiguos palacios imperiales. Fuimos a Asia también, y nada más llegar llamaron a la oración todos los minaretes (con nada más llegar me refiero a nada más llegar, al poner el pie en tierra), consiguiendo un efecto chulísimo. Y, por fin, estando en el transbordador, pude decir, con todas las de la ley, aquello de:
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá en su frente, Estambul.
La cantidad de kebab que comimos sólo puede compararse con la que puede comer un borracho hambriento a las 5 de la mañana. No hay otra cosa, sólo kebab, y no acabamos con colitis por algún milagro del cielo. Gracias a Dios, o a Alá, cuando se nos empezó a poner cara de dürüm kebab ya nos marchábamos a Tesalónika.
Dejamos atrás Estambul, y, con Tesalónika al frente, nos preparamos para enfrentar el trayecto más largo de todo el viaje. Para más incomodidad, cogimos un autobús, mucho más incómodo que el tren, pero por lo menos resultó más placentero que el Budapest-Cluj Napoca. Tuvimos que esperar lo que se nos hizo una eternidad en la frontera (entrábamos en la Unión Europea). Allí había un policía español que nos explicó un poco que la Unión Europea y Corea del Norte tenían casi los mismos requisitos de acceso. Europa se ha blindado, sobre todo ante El Turco.
Llegamos muy de mañana a Tesalónika, a eso de las 8, con unas chicas erasmus de allí que nos dijeron dónde estaba nuestro hotel. Al principio pensamos en dejar las cosas y ver la ciudad inmediatamente, pero al llegar al hotel dijimos de echarnos una siestecilla de una hora como máximo. A las doce y media nos despertamos.
Así fue Grecia para nosotros: maravillosamente mediterránea. Al salir del hotel, en vez de ver la ciudad, nos fuimos a ver el mar (el mar de verdad, no esa tontería a la que llaman Bósforo). Después, nos fuimos a sentar a un restaurante, donde comimos de lujo pescadito (pulpo, calamares, boquerones... hacía falta, MUCHA falta), y nos invitaron a un entrante y al café. Tras una sobremesa de una hora, nos fuimos a tomar otro café, con vistas al mar. Tras estar allí otra hora y media, nos dispusimos con presteza a ver la ciudad.
Presteza. Presteza mediterránea. La ciudad me encantó, sobre todo por su gente. Gente maravillosa, creedme. Un poco fea e industrial, pero de vez en cuando te encuentras un pedazo de roca con un letrero que te dice que es un baño romano. Miras la roca, no se parece en nada, intentas imaginar cómo era, hasta que te das cuenta de que no puedes, sólo es un cacho de roca de hace 1900 años. Pero puedes ver la forma del asiento, donde se sentaban aquellos romanos, puedes ver la pequeña escalera, que ellos usaron; puedes ver el arco por donde ellos entraron a ese spa latino primigenio.
| Mientras escribo esto mi amigo argentino ha puesto música griega, de esa de no preocuparse |
Pasamos menos tiempo del que me habría gustado en Grecia, pero teníamos que irnos ya a Macedonia si no queríamos que el viaje nos costase lo mismo que una campaña de Justiniano. Así que tomamos el tren más destrozado que he visto en mi vida para ir a la Ex República Yugoslava menos turística de todas.
Se nota que Skopje no es turístico, para bien y para mal. Para bien, porque puedes comer un pedazo de carne como tu cabeza, con pan y guarnición, por dos euros. Para mal porque no está todo lo bonito que podría ser, y la gente te mira con extrañeza (y más teniendo en cuenta que fuimos en Enero).
El hostal era una cosa muy extraña. No había ninguna señalización, ningún cartel, el edificio no era más soviético porque ya habían quitado la estrella. Era el piso de un tipo, convertido en hostal, donde el único huésped, amén de nosotros, era un turco medio homosexual con voz de pito que decía que quería trabajar para Qatar Airlines. El hostel de la muerte.
Al final no nos mataron, todo el mundo fue muy amable, y me llevé una muy buena experiencia de Skopje, en especial de la magnífica fortaleza que tiene. También llegamos a la conclusión de que la ciudad está creando sus monumentos para atraer turistas, uno de ellos son las numerosísimas estatuas que ha desperdigado por la ciudad, entre ellas, la única estatua que he visto de un mendigo.
| Estos encantadores niños que quisieron una foto con nosotros no estaban acostumbrados a los turistas |
Llegamos a Serbia, país del que hablaré rápidamente, ya que me estoy quedando sin tiempo. Sin duda, aunque a esas alturas del viaje estábamos muy cansados, supimos valorar la ciudad. Es preciosa, y se ve muy activa. Mucha gente, muchas cosas que hacer, ni rastro de la guerra. Eso sí, un frío de carajo, como dirían los portugueses. Pero frío, de frío frío, pues más. De hecho, si en Grecia fuimos de bar en bar porque nos apetecía ver el mar y disfrutar del país, en Serbia lo hicimos porque no se podía estar en la calle. -12 grados, cágate lorito.
| La movilidad que el frío nos arrebataba queda bien plasmada en esta foto |
| Tuvimos que arriesgar nuestra vida para que el corazón no se congelara |
Sin embargo, al final del viaje, cuando volvíamos a Budapest, se subió al tren un policía. Un policía serbio. Nos pidió pasaportes, y en ese momento nos dimos cuenta de que nos faltaba un documento que deberíamos haber pedido en el hostal. El policía se mostró inflexible, debíamos bajarnos del tren, y pagar una multa de hasta 300 euros.
Con los huevos por corbata, intentamos negociarlo, muy sutilmente, esperando que le pudiéramos sobornar. Al rato, nos devolvió los pasaportes, y fue a hablar con su compañero, "a ver si puedo hacer algo", dijo.
Corriendo, y gracias a un amigo en España (Sándor, o Alejandro, un tipo medio húngaro), contactamos con la embajada de España, que nos comunicaron que seguramente tendríamos que sobornarle. Maldiciendo al tipo que iba a hacer que el viaje acabase siendo mucho más caro que una campaña de Justiniano, pasamos los minutos, intentando ver si el tipo volvía. Nos sentimos casi como en La Gran Evasión, intentando escabullirnos, e ideamos varios truculentos planes de huida.
A pesar de todo, el siguiente policía que vino no fue serbio, sino húngaro. Estábamos en la UE. ¡¡Por fin!! ¡¡Serbia, tierra de bárbaros!! Al final el policía resultó ser buena persona (también poco profesional, pero bueno, seguramente hizo lo mejor para su país, ya que ahora mantego mi opinión de que los serbios son buena gente, y os incito a ir, y creo que debería cerrar ya este paréntesis, que más que paréntesis es la frase).
Y así terminó nuestro viaje. Después, estuve casi una semana sin hacer nada de lo cansado que estaba.
Y ahora me voy corriendo a Praga, que no llego
















